Madame Bovary
Madame Bovary —E incluso he leído que varias personas se habían intoxicado, doctor, como fulminadas por embutidos que habían sufrido un ahumado muy fuerte. Al menos esto constaba en un excelente informe, compuesto por una de nuestras eminencias farmacéuticas, uno de nuestros maestros, el ilustre Cadet de Gassicourt.
La señora Homais reapareció trayendo una de esas vacilantes máquinas que se calientan con espíritu de vino; porque Homais tenía a gala hacer el café sobre la mesa, habiéndolo tostado, molido y mezclado él mismo.
—Sacharum, doctor —dijo ofreciéndole azúcar.
Después mandó bajar a todos sus hijos, pues deseaba conocer la opinión del cirujano sobre su constitución.
Por fin, el señor Larivière se iba a marchar cuando la señora Homais le pidió una consulta para su marido. La sangre se le espesaba de tal modo que se quedaba dormido todas las noches después de cenar.
—¡Oh!, no es le sens[69] lo que le molesta.