Madame Bovary
Madame Bovary —Bueno —exclamó el buen hombre, lo tendré, ¡rayos y truenos! Voy a acompañarla hasta el fin.
Doblaba la campana. Todo estaba dispuesto. Hubo que ponerse en marcha.
Y sentados en una silla del coro, uno al lado del otro, vieron pasar y volver a pasar delante de ellos continuamente a los tres chantres que salmodiaban. El serpentón soplaba a pleno pulmón. El señor Bournisien, revestido de ornamentos fúnebres, cantaba con voz aguda; se inclinaba ante el sagrario, elevaba las manos, extendÃa los brazos. Lestiboudis circulaba por la iglesia con su varilla de ballena; cerca del facistol reposaba el ataúd entre cuatro filas de cirios. A Carlos le daban ganas de levantarse para apagarlos.
Trataba, sin embargo, de animarse a la devoción, de elevarse en la esperanza de una vida futura en donde la volverÃa a ver. Imaginaba que ella habÃa salido de viaje, muy lejos, desde hacÃa tiempo. Pero cuando pensaba que estaba allà abajo y que todo habÃa terminado, que la llevaban a la tierra, se apoderaba de él una rabia feroz, negra, desesperada. A veces creÃa no sentir nada más, y saboreaba este alivio de su dolor reprochándose al mismo tiempo ser un miserable.