Madame Bovary

Madame Bovary

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—¿Se acuerda, amigo mío, que fui a Tostes una vez, cuando usted acababa de perder a su primera difunta? En aquel tiempo le consolaba. Encontraba algo que decirle; pero ahora…

Después, con un largo gemido que le levantó todo el pecho:

—¡Ah!, para mí se acabó todo. ¡Ya ve usted! He visto morir a mi mujer…, después a mi hijo…, y ahora, hoy, a mi hija.

Quiso volverse enseguida a Les Bertaux diciendo que no podría dormir en aquella casa. Ni siquiera quiso ver a su nieta.

—¡No!, ¡no!, sería una despedida demasiado dolorosa. Pero le dará muchos besos. ¡Adiós!, ¡usted es un buen muchacho! Y, además, jamás olvidaré esto —dijo golpeándose el muslo; no se preocupe, seguirá recibiendo su pavo.

Pero cuando llegó al alto de la cuesta volvió su mirada como antaño la había vuelto en el camino de San Víctor, al separarse de ella. Las ventanas del pueblo estaban todas resplandecientes bajo los rayos oblicuos del sol que se ponía en la pradera. Se puso la mano ante los ojos y percibió en el horizonte un cercado de tapias donde había unos bosquecillos de árboles negros diseminados entre piedras blancas, después continuó su camino a trote corto, pues su caballo cojeaba.


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