Madame Bovary
Madame Bovary Aquella noche Carlos y su madre, a pesar del cansancio, se quedaron mucho tiempo hablando juntos. Hablaron de los dÃas pasados y del porvenir. Ella vendrÃa a vivir a Yonville, regirÃa la casa, ya no se separarÃan. Estuvo hábil y cariñosa, alegrándose interiormente de recuperar un afecto que se le escapaba desde hacÃa tantos años. Dieron las doce. El pueblo, como de costumbre, estaba en silencio, y Carlos, despierto, seguÃa pensando en ella.
Rodolfo, que para distraerse habÃa pateado el bosque todo el dÃa, dormÃa tranquilamente en su castillo, y León, allá lejos, dormÃa igualmente.
HabÃa otro que a aquella hora no dormÃa.
Sobre la fosa, entre los abetos, un muchacho lloraba arrodillado, y su pecho, deshecho en sollozos, jadeaba en la sombra bajo el agobio de una pena inmensa más dulce que la luna y más insondable que la noche. De pronto crujió la verja. Era Lestiboudis; venÃa a buscar su azadón que habÃa olvidado poco antes. Reconoció a Justino que escalaba la tapia, y entonces supo a qué atenerse sobre el sinvergüenza que le robaba las patatas.