Madame Bovary
Madame Bovary A dÃa siguiente, Carlos mandó que le trajeran a la niña. La niña le preguntó por su mamá. Le dijeron que estaba ausente, que le traerÃa juguetes. Berta volvió a hablar de ella varias veces; después, con el tiempo, se fue olvidando. La alegrÃa de esta niña desconsolaba a Bovary, quien, además, tenÃa que soportar los intolerables consuelos del farmacéutico.
Pronto volvieron los problemas de dinero, pues el señor Lheureux azuzó de nuevo a su amigo Vinçart, y Carlos se empeñó en sumas exorbitantes; porque jamás quiso dar permiso para vender el menor de los objetos que le habÃa pertenecido. Su madre se desesperó por esto. Carlos se indignó más que ella. HabÃa cambiado por completo. La madre abandonó la casa.
Entonces todo el mundo empezó a aprovecharse. La señorita Lempereur reclamó seis meses de lecciones, aunque Emma jamás habÃa tomado ni una sola, a pesar de aquella factura pagada que habÃa mostrado a Bovary: era un acuerdo entre ellas dos; el que alquilaba libros reclamó tres años de suscripción; la tÃa Rolet reclamó el porte de una veintena de cartas, y como Carlos pedÃa explicaciones, ella tuvo que decirle:
—¡Ah!, ¡yo no sé nada!, eran cosas suyas.
A cada deuda que pagaba, Carlos creÃa haber terminado, pero continuamente aparecÃan otras.
