Madame Bovary

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El ciego, a quien no había podido curar con su pomada, había vuelto a la cuesta del Bois Guillaume, donde contaba a los viajeros el vano intento del farmacéutico, a tal punto que Homais, cuando iba a la ciudad, se escondía detrás de las cortinas de «La Golondrina» para evitar encontrarle. Lo detestaba, y por interés de su propia reputación, queriendo deshacerse de él a todo trance, puso en marcha un plan secreto, que revelaba la profundidad de su inteligencia y la perfidia de su vanidad. Durante seis meses consecutivos se pudo leer en el Fanal de Rouen sueltos de este género:

«Todas las personas que se dirigen hacia las fértiles tierras de la Picardía habrán observado sin duda, en la cuesta del Bois Guillaume, a un desgraciado afectado de una horrible llaga en la cara. Importuna, acosa y hasta cobra un verdadero impuesto a los viajeros. ¿Acaso estamos todavía en aquellos monstruosos tiempos de la Edad Media, en los que se permitía a los vagabundos exhibir por nuestras plazas públicas la lepra y las escrófulas que habían traído de la cruzada?».

O bien:

«A pesar de las leyes contra el vagabundeo, las proximidades de nuestras grandes ciudades continúan infestadas de bandas de mendigos. Algunos circulan aisladamente y, quizás, no son los menos peligrosos. ¿En qué piensan nuestros ediles?».

Después Homais inventaba anécdotas:


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