Madame Bovary
Madame Bovary El pobre hombre sufría al verla mal vestida, con sus botas sin cordones y la sisa de sus blusas rota hasta las caderas, pues la asistenta apenas se preocupaba de ella. Pero la niña era tan dulce, tan simpática, y su cabecita se inclinaba tan graciosamente dejando caer sobre sus mejillas rosadas su abundante cabellera rubia, que un deleite infinito le invadía, placer todo mezclado de amargura como esos vinos mal elaborados que huelen a resina. Carlos le arreglaba sus juguetes, le hacía muñecos de cartón o recosía el vientre roto de sus muñecas. Y cuando sus ojos tropezaban con la caja de la costura, con una cinta que arrastraba o incluso con un alfiler que había quedado en una ranura de la mesa, se quedaba pensativo, y parecía tan triste, que la niña se entristecía con él.
Ahora nadie venía a verlos, pues Justino se había fugado a Rouen, donde se empleó en una tienda de ultramarinos, y los hijos del boticario visitaban cada vez menos a la niña, sin que el señor Homais se preocupase, teniendo en cuenta la diferencia de sus condiciones sociales, por prolongar la intimidad.