Tres Cuentos

Tres Cuentos

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En el piso alto estaba en primer lugar el dormitorio de "la señora", muy grande, revestido con un papel de flores pálidas y adornado con el retrato del "señor" ataviado a lo lechuguino. Esa habitación se comunicaba con otra más pequeña, donde se veían dos camitas de niño sin colchones. Luego venía el salón, siempre cerrado y lleno de muebles enfundados. A continuación un pasillo llevaba a un gabinete de estudio; libros y papelotes guarnecían los estantes de una biblioteca que rodeaba por tres de sus lados a un gran escritorio de madera negra. Los dos entrepaños en ángulo se ocultaban bajo dibujos a pluma, paisajes a la acuarela y grabados de Audran, recuerdos de una época mejor y de un lujo desaparecido. En el segundo piso, un tragaluz iluminaba la habitación de Felicitas, que daba a las praderas.

Felicitas se levantaba al amanecer para no perder la misa, y trabajaba hasta la noche sin interrupción; luego, terminada la cena, en orden la vajilla y la puerta bien cerrada, ocultaba los rescoldos bajo las cenizas y se dormía ante el hogar con el rosario en la mano. Nadie mostraba más obstinación en los regateos. En cuanto a la limpieza, el bruñido de sus cacerolas causaba la desesperación de las otras sirvientas. Económica, comía con lentitud y recogía de la mesa con los dedos las migajas de su pan, un pan de doce libras cocido ex profeso para ella y que duraba veinte días.


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