Indias blancas
Indias blancas Al otro lado del horizonte, en un paraje apartado donde las llanuras se tornaban en espesura, Nahueltruz Guor, el líder de un grupo mapuche, ajustaba su lanza. Su rostro, curtido por el sol y el viento, reflejaba determinación. En su mirada habitaba la furia contenida de un pueblo que había visto demasiada sangre derramada. Él era el guardián de su gente, un guerrero con cicatrices físicas y emocionales que hablaban de batallas perdidas y esperanzas quebradas.
—No dejaremos que nos arrebaten más tierra —dijo con voz grave a sus hombres, que lo rodeaban en silencio. Sabían que cada palabra que pronunciaba era un juramento, y que detrás de su calma ardía un espíritu indomable.
La tensión entre los dos mundos era palpable, como un arco tensado a punto de disparar. El destino, en su ironía cruel, comenzaba a tejer una trama imposible. Las primeras hebras se cruzaron en una noche silenciosa, cuando Laura, cansada de ser una prisionera en su propia casa, montó a su caballo y cabalgó lejos de la estancia. La sensación de libertad le quemaba las venas, pero también la llenaba de miedo.
