El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Por ese lado, el agua del estanque empapaba la base de los muros, y, suspendidos sobre el manso oleaje, había algunos balconcillos de madera frente a unas puertas. Largo rato Meaulnes caminó por aquella arenosa orilla. Miraba con curiosidad las enormes puertas de, vidrio cubiertas de polvo, por donde se veían habitaciones abandonadas o destruidas y depósitos de utensilios fuera de uso, atravesados por carretillas, herramientas oxidadas y tiestos rotos. De pronto, desde la otra punta de los edificios, oyó el ruido de unos pasos en la arena; eran dos mujeres, una muy vieja y encorvada, y la otra joven, rubia, esbelta y vestida de una forma tan sencilla y encantadora que causó extrañeza a Meaulnes, después de haber visto tantos disfraces. Se detuvieron un momento a observar el panorama, mientras el muchacho se decía, con una sorpresa que después le pareció el colmo de la tosquedad:
—Aquí está lo que se dice una joven excéntrica; tal vez se trata de una actriz que han traído para la fiesta.