El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Las mujeres pasaron a su lado, y él, sin poder moverse contempló a la joven. Un tiempo más tarde, al dormirse después de haber intentado desesperadamente traer a su memoria ese hermoso rostro, veía desfilar en sueños una procesión de muchachas parecidas: una usaba un sombrero igual al de ella; otra poseía sus mismos ademanes melancólicos; otra, su mirada tan pura; y otra su pequeño talle y sus ojos azules. Pero ninguna de ellas conseguía ser aquella muchacha. Bajo su abundante cabellera, Meaulnes pudo ver un rostro de rasgos menudos, pero de contorno tan delicado que casi llegaba a hacer daño. Cuando ella ya estaba de espaldas, él miró sus ropas, tan sencillas y discretas, y se preguntaba si podría acompañarlas, cuando la joven, acercándose muy levemente hacia él, dijo a su compañera:

—Supongo que el barco ya no debe tardar…

Meaulnes caminó tras ellas. La anciana, temblorosa y enferma, no dejaba de reír y de hablar entusiastamente. La muchacha le contestaba con gran dulzura, y mientras descendían hacia el embarcadero, miró a Meaulnes otra vez de una manera profunda e ingenua, con la cual parecía preguntarle:

¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? No lo conozco, y sin embargo, me parece conocerlo.


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