El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Otros invitados esperaban, desparramados entre la arboleda. Tres barcos de excursión estaban ya atracando, listos para recibir a los paseantes. Las dos mujeres, que parecían ser la dueña de casa y la hija, recibían al pasar el saludo reverente de los jóvenes y las muchachas. Aquélla era en realidad una extraña excursión en medio de una sorprendente mañana.
Hacía frío a pesar del sol, y las mujeres envolvían alrededor de su cuello unas boas de plumas que estaban de moda. La anciana se quedó en la orilla, y sin poder explicarse cómo, Meaulnes se encontró en el mismo yate en que estaba la joven. Se apoyó en el puente, protegiendo con una mano el sombrero amenazado por el viento y desde allí pudo observar detenidamente a la joven, sentada resguardándose del vendaval. Ella también lo miraba.
Hablaba con sus compañeras, sonreía, y luego, mordiéndose un poco los labios, fijaba en él sus ojos azules. Un profundo silencio rodeaba al barco, que avanzaba con un tranquilo rumor de máquinas golpeteando el agua. Parecía un día de mediados de verano, en que se iba a descender en el hermoso jardín de una casa de campo; la joven se pasearía por allí bajo la sombra de una blanca sombrilla, Pero, repentinamente, un viento helado hacía recordar el mes de diciembre a los invitados de aquella rara fiesta.