El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Sin responderle, ella apresuró el paso y tomó por una alameda transversal. Otros invitados jugaban y corrían por los caminos, guiándose en sus movimientos por su liberada fantasía. Meaulnes se reprochó severamente por lo que había hecho, calificándolo de grosería, de estupidez, de necedad. Caminaba por cualquier parte, con la seguridad de que no volvería a encontrar a la joven, cuando la vio acercarse a él, obligada a pasar a su lado por ti angosto sendero. Ella apartaba con sus manos desnudas los pliegues del amplio abrigo. Usaba unos zapatos negros muy abiertos, y sus tobillos eran tan fines que parecían quebrarse a veces. Meaulnes le saludó, diciendo en voz suave:

—¿Me perdona usted?

—Lo perdono —contestó ella firmemente—. Ahora debo reunirme con los niños, ya que hoy son ellos los que mandan. Adiós.

Meaulnes le pidió que se quedase un momento más. Le hablaba torpemente, pero en un tono conmovido, tan turbado, que ella acortó su paso para oírlo.

—Ni siquiera sé quién es usted —dijo la muchacha, después de una pausa.

Pronunciaba cada palabra uniformemente, y acentuaba todas del mismo modo, salvo la última, que decía más dulcemente.

—Yo tampoco sé su nombre —repuso Meaulnes.


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