El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pasaban por un camino descubierto y se divisaban a cierta distancia los invitados, apiñándose en torno a una casa aislada en pleno campo.
—Ésa es «la casa de Frantz» —dijo la muchacha—. Tengo que dejarlo. —Dudó un instante, lo miró sonriendo y agregó—: ¿mi nombre? Soy la señorita Ivonne de Galais. Y se marchó.
La «casa de Frantz» estaba deshabitada, pero en ese momento repleta de gente, ya que los invitados habÃan invadido hasta los graneros. Casi no tuvo tiempo de observar el lugar en que estaba. Almorzaren rápidamente la comida frÃa que habÃan transportado en los barcos y que desentonaba con el invierno, pera indudablemente los niños lo habÃan dispuesto de ese modo. Al poco rato se marcharon. En cuanto vio salir a la señorita de Galais, Meaulnes se aproximó a ella y le dijo, refiriéndose a lo que ella le habÃa expresado antes:
—El nombre que yo le daba era más lindo.
—¿Cómo? ¿Qué nombre? —preguntó ella, con la misma franqueza de siempre.
Meaulnes temió haber dicho una tonterÃa y no respondió.
—Mi nombre es AgustÃn Meaulnes —continuó— y soy estudiante.
—¡Ah! ¿Estudia usted? —comentó ella.