El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Y charlaron un rato, despacio, amistosamente, contentos. Rápidamente cambió la actitud de la joven, se mostró menos altiva, menos firme, pero más nerviosa, como temiendo asustarse por anticipado por lo que Meaulnes iba a decirle. Se quedó junto a él, temblorosa, igual que una golondrina deseosa de alzar vuelo nuevamente después de haberse posado por un momento sobre el suelo.
—¿Por qué? ¿Para qué? —contestaba a las palabras de Meaulnes, con gran dulzura.
Finalmente, él se atrevió a pedirle permiso para regresar un dÃa a la hermosa casa.
—Lo voy a esperar —respondió la muchacha, con timidez.
Ya se divisaba el fondeadero, cuando, deteniéndose sorpresivamente, pensativa, le dijo:
—Somos dos chiquilines, cometimos una locura. No debemos subir a la misma embarcación. Adiós, y no vaya tras de mÃ.
Meaulnes se quedó un momento desconcertado. Luego prosiguió su camino, cuando de pronto, a lo lejos, en el instante mismo de desaparecer entre los invitados, la muchacha se detuvo, y lo miró largamente por primera vez, sin que AgustÃn lograra entender si era un último ademán de despedida, o la prohibición de que la acompañase, o algo más que habÃa olvidado decirle.