El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Apenas llegaron a la mansión empezó la carrera de poneys, en una pradera en declive detrás de la granja. Era el último juego de la fiesta; y de acuerdo con todos los cálculos, los novios llegaran a tiempo para presenciarlo, y lo dirigiría Frantz. Pero tuvo que comenzar sin él. Entre los gritos, las risas de los niños, las apuestas y los continuos toques de campana, los niños montaban veloces jacas, vestidos de jinetes, y las niñas, viejos y dóciles caballos, vestidas con ropas de amazona. Meaulnes reconoció a Daniel y a las niñas de sombreros con cintas a quienes había oído, el día anterior, desde la alameda del bosque. Ansioso por encontrar entre la gente el gracioso sombrero con rosas y el abrigo marrón, no vio el espectáculo. Pero la señorita de Galais no apareció. Todavía la estaba buscando cuando un repiqueteo de campanas y las voces de alegría dieron fin a las carreras. Una niña que montaba una vieja yegua blanca había sido la ganadora; andaba victoriosamente sobre su montura y el viento agitaba la pluma de su sombrero. Los juegos habían terminado con la ausencia de Frantz. Por un momento todos vacilaron, para después resolver marcharse a sus aposentos a esperar, silenciosos e inquietos, la llegada de los novios.




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