El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes LA carrera había finalizado demasiado temprano. De día aún, a las cuatro y media, Meaulnes estaba nuevamente en su habitación, turbado todavía por los acontecimientos. Se sentó frente a la mesa, sin saber qué hacer, aguardando la hora de la cena y la fiesta que vendría después. Como en la noche anterior, el viento ya soplaba, bramando como un torrente o silbando insistente como una catarata. La plancha de metal de la chimenea sonaba constantemente. Por primera vez, Meaulnes sintió esa rara tristeza que aplaca los ánimos al terminar un día demasiado feliz. Intentó encender el fuego, pero no pudo levantar el herrumbroso cierre de la chimenea. Entonces comenzó a ordenar el cuarto; colgó sus pintorescos trajes de la percha y arrimó las sillas a las paredes, como si estuviera listo para permanecer allí largo tiempo. Sin embargo, pensando que debía estar siempre preparado para retirarse, dobló con cuidado sobre el respaldo de una silla, como si fueran prendas de viaje, la blusa y toda su ropa de colegial; debajo de la silla puso sus claveteados zapatos, llenos de tierra. Ya más calmado, se sentó y observó su trabajo. De tanto en tanto una gota de lluvia resbalaba por el vidrio de la ventana que daba al patio de los coches y al bosque de abetos. Ordenar el cuarto le había devuelto la tranquilidad, y se sentía muy contento; extranjero en ese mundo desconocido, ocupaba la habitación elegida por él mismo. Lo que había conseguido superaba todas sus esperanzas, y en ese momento, se sentía feliz recordando simplemente la cara de la joven mirándolo, mientras soplaba el viento.