El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Anocheció durante sus divagaciones, sin que se acordara de encender los candelabros. Una ráfaga de aire hizo golpear la puerta de la sala vecina. Al ir a cerrarla un resplandor como de una vela encendida sobre la mesa llamó la atención de Meaulnes, quien asomó la cabeza por la puerta entornada. Alguien había entrado allí, seguramente por la ventana, y se paseaba en silencio de un lado a otro. Por lo que podía verse, era un hombre muy joven. Caminaba sin detenerse, como enloquecido por algún dolor inaguantable, sin sombrero y con una esclavina de, viaje sobre los hombros. Por la ventana, de par en par, penetraba el viento y hacía volar su esclavina, y los botones dorados de su elegante levita brillaban cada vez que pasaba Cerca de la luz. Silbaba entre dientes una especie de canción de mar, como esas que cantan las mujerzuelas y los marineros en las tabernas de puerto, para alegrarse el corazón. Su inquieto paseo se detuvo un instante; se inclinó sobre la mesa, revolvió dentro de una cala y sacó varias hojas de papel. La luz de la vela le permitió ver a Meaulnes un perfil muy fino, aguileño y sin bigote, bajo una abundante cabellera partida hacia un lado por la raya. Ya no silbaba. Muy pálido y con la boca entreabierta, parecía estar agotado, como si le hubieran dado un brusco golpe en el pecho. Meaulnes vaciló entre marcharse discretamente o entrar y hablarle como a un amigo, con la mano en su espalda. Pero el joven alzó la cabeza y lo vio. Lo observó por un momento y luego le dijo, con naturalidad, acercándosele: