El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Caballero, no sé quién es usted, pero me alegro de verlo. Y ya que está aquÃ, le voy a explicar a usted…
Se veÃa totalmente desamparado. Al pronunciar la última palabra, sujetó a Meaulnes por la solapa como queriendo retener asà su atención. Luego, tal vez para recapacitar en lo que iba a decir, volvió la cabeza hacia la ventana. Al verlo parpadear, Meaulnes entendió que estaba a punto de llorar; pero se tragó de un golpe todo su dolor, y sin dejar de mirar fijamente a la ventana, siguió con tono alterado:
—Y bien, eso es: ¡se terminó! Se terminó la fiesta. Puede usted bajar y decÃrselo a todos. He regresado solo. Mi novia no vendrá. Por escrúpulos, por temor, por falta de confianza. —Se lo voy a contar, caballero…
Pero no pudo continuar; se le contrajo el rostro y no explicó nada. Se apartó de pronto de Meaulnes y se dirigió hacia un rincón oscuro a abrir y cerrar cajones repletos de ropas y de libros.
—Me voy a preparar para irme otra vez. Que no me moleste nadie.