El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Puso varias cosas sobre la mesa: un estuche de tocador, un revólver. Meaulnes salió sin hablarle y sin estrecharle la mano. Abajo, todos los invitados parecÃan haber presentido algo. Casi todas las muchachas se habÃan cambiado de vestido. En el edificio principal habÃa comenzado la cena, con más apuro y desorden que cuando se está por partir. Entre la enorme cocina-comedor, las habitaciones de arriba y los establos, no cesaba un apresurado ir y venir. Los que habÃan terminado formaban grupos en los que se oÃan palabras de despedida.
—¿Qué pasa? —preguntó Meaulnes a un campesino que, con el sombrero de fieltro puesto y la servilleta prendida del chaleco, se apresuraba para concluir su cena.
—Que nos vamos —contestó—. Lo decidimos de repente. Todos los invitados a la vez, a las cinco de la tarde, nos hemos sentido solos. Estuvimos esperando hasta el último momento. Ya no era posible que llegaran los novios. Alguien propuso: «¿Y si nos vamos?» Y todos se prepararon para retirarse.
Meaulnes no le respondió. Ya no le preocupaba marcharse, puesto que su aventura habÃa concluido y habÃa conseguido cuanto querÃa. Tuvo tiempo apenas para revisar en su memoria, Ãntimamente, la hermosa conversación de la mañana. En ese momento lo fundamental era partir. Pero regresarÃa pronto, muy pronto, y sin engaños.
—Si quiere, puede venir con nosotros —continuó el campesino, un joven de su misma edad—. Prepárese pronto… Nos iremos enseguida.