El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Corrió hacia su cuarto, sin terminar la cena ni preocuparse por contar a los invitados lo que sabía. El parque, el jardín y el patio estaban envueltos en una intensa oscuridad. Esa noche no había faroles en las ventanas. Como a pesar de todo la cena era similar al banquete con que se da por concluida la fiesta de casamiento, los huéspedes menos atentos, tal vez borrachos, cantaban a coro. A medida que se alejaba por el parque que durante dos días había sido el marco de tanta alegría y tantas maravillas, Meaulnes oía entonarse canciones de taberna. Era el comienzo del desorden y del alboroto. Pasó junto al acuario donde se contemplara la mañana del día anterior. Todo se le hacía diferente al escuchar esa canción que le llegaba alterada, repetida por muchas voces:
¿De dónde vienes, bribonzuela?
Te rompieron la cofia y bien despeinada vas.
Mis zapatos son rojos,
Y luego:
mi linda, mi pequeña.
Mis zapatos son rojos,
¡adiós, mi amor!
Al llegar al borde de la escalinata de su solitaria habitación, en la sombra tropezó con alguien que bajaba y que le dijo:
—¡Adiós, caballero!
Y envolviéndose en su corta capa como si sintiera frío, desapareció.
Se trataba de Frantz de Galais.