El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes La vela se apagaba y su llama vaciló, se avivó por un momento y se extinguió. Meaulnes pasó a su habitación y cerró la puerta. A pesar de que estaba todo oscuro, reconoció las cosas que había ordenado a la luz del día, unas horas antes. Encontró su vieja y humilde vestimenta, intacta, prenda por prenda, desde los borceguíes hasta el cinturón con hebilla de bronce. Se cambió de ropa distraídamente, con gran velocidad, y dejó en una silla el traje que no era suyo, confundiéndose de chaleco. Bajo las ventanas, en el patio de los coches había comenzado un ruidoso movimiento. Forcejeaban, llamaban, empujaban, intentando todos a la vez, sacar su carruaje de aquel atascamiento. De tanto en tanto un hombre subía al pescante de un carro o a la capota de un coche y alumbraba con su linterna. El resplandor iluminaba la ventana, y por un instante, el cuarto que ya le era familiar, en el que todas las cosas habían sido tan amigas, palpitaba, cobraba nueva vida alrededor de Meaulnes. Cerró cuidadosamente la puerta, y con esa sensación dejó el extraño lugar, que sin duda no volvería a ver nunca más.