El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes A las ocho, Millie, que había abierto la puerta para arrojar afuera los residuos de la comida, lanzó una exclamación de sorpresa, con un tono tan, claro que nos hizo acercar para ver lo que sucedía. El' umbral estaba cubierto por una capa de nieve. Como estaba muy oscuro, penetré un poco en el patio para comprobar si la capa era profunda. Sentí patinar por mi cara unos pequeños copos que se deshacían muy pronto. Me llamaron, tuve que entrar corriendo y Millie, con mucho frío, cerró la puerta.
A las nueve estábamos listos para acostarnos; mi madre llevaba ya la vela, cuando escuchamos claramente dos fuertes golpes contra el portón, del otro lado del patio. Millie volvió a colocar la vela sobre la mesa y nos quedamos de pie, esperando, con el oído atento.
No debíamos intentar salir para ver lo que sucedía, ya que antes de que pudiésemos llegar a la mitad del patio se nos apagaría la vela en la mano, o se nos rompería la pantalla. Hubo un instante de silencio, que mi padre aprovechó para insinuar que «se trataba sin duda de…», cuando, bajo la ventana del comedor que daba a la carretera de La fiare salió un silbido prolongado y agudo, que debió escucharse hasta en la calle de la iglesia. Inmediatamente, detrás de la ventana, estallaron unos gritos penetrantes, aplacados apenas por los vidrios y emitidos por gente que debía haberse trepado al antepecho: