El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —¡Que lo traigan! ¡Que lo traigan!
Del otro lado del edificio, respondieron idénticos gritos. Quienes los lanzaban habrÃan pasado por el campo del tÃo MartÃn y subido a la pared baja que lo aislaba del patio del colegio.
Después, proferidos en cada lugar por ocho o diez personas que disimulaban la voz, estallaron los gritos de: «¡Que lo traigan! ¡Que lo traigan!», sucesivamente en el techo de la bodega, a la que habrÃan llegado escalando un montón de haces de leña adheridos a la pared, por fuera, sobre una pequeña tapia que unÃa el galpón al portón y cuyo borde redondo dejaba que uno lo montase tranquilamente a caballo, sobre la pared con verja de la carretera de La Gare, a la que se podÃa subir con facilidad. Por último, por detrás, llegó al jardÃn otro grupo que armó el mismo escándalo, gritando:
—¡Al abordaje!
El eco de sus gritos resonaba en las aulas vacÃas, cuyas ventanas habÃan abierto.