El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Meaulnes y yo conocÃamos tan perfectamente los pasos y los rincones de la casa, que imaginábamos como en un plano los puntos atacados por los desconocidos. Nuestro sobresalto duró apenas un momento. El silbido nos hizo pensar a todos en un asalto de vagabundos o de gitanos. HacÃa quince dÃas que habÃan aparecido en la plaza, detrás de la iglesia, un malandrÃn muy alto y un muchacho con la cabeza vendada, y además habÃa trabajadores extranjeros en las herrerÃas y en las carreterÃas.
En cuanto escuchamos los gritos de los invasores, comprendimos que se trataba de gente del lugar, seguramente joven. Las voces chillonas delataban muchachos en la banda que se arrojaba al asalto de nuestra casa como al abordaje de un barco.
—Ésta sà que es buena… —dijo mi padre.
Millie preguntó en voz baja:
—Pero ¿qué significa esto?
Entonces se silenciaron las voces del portón y la pared, y luego las de la ventana. Dos silbidos salieron detrás de los vidrios. Los gritos de los que se habÃan apoderado del granero y los del jardÃn, se calmaron lentamente, para desaparecer luego, y a lo largo de la pared del comedor se escuchó el barullo de la pandilla al marcharse apresuradamente, y sus pasos calados por la nieve.