El Gran Meaulnes

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Sin duda algo los había molestado. Con seguridad pensaron que a esa hora, cuando todo estaba quieto y dormido, podrían realizar tranquilamente su asalto contra esa casa aislada del pueblo. Pero su plan de campaña fracasó. Apenas habíamos tenido tiempo de reaccionar, pues el ataque fue repentino como un abordaje bien conducido, y estábamos listos para salir, cuando escuchamos una voz conocida que llamaba desde la puerta:

—¡Señor Seurel! ¡Señor Seurel!

Era la voz del señor Pasquier, el gordo carnicero. Frotó los zuecos en el umbral, se sacudió la blusa corta y salpicada de nieve y entró. Tenía el aspecto ladino y atemorizado de quien ha sorprendido todo el secreto de un asunto misterioso:

—Estaba en mi patio, que da a la plaza de los Cuatro Caminos. Iba a cerrar el corral de los cabritos cuando inmediatamente, de pie sobre la nieve, me sorprendió la presencia de dos muchachos que parecían estar vigilando algo. Caminaban cerca de la cruz. Yo me aproximé hacia ellos, di apenas dos pasos y escaparon a galope tendido en dirección a la casa de ustedes. Y sin perder un instante, tomé mi farol y dije: voy a contárselo al señor Seurel.

Y allí comenzó otra vez con la historia:

—Estaba en casa, en el patio trasero…


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