El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Y al llegar a ese punto le convidaron una copita, que aceptó, y le pidieron unos detalles que no pudo dar. No habÃa visto nada al llegar a la casa. Los grupos, alertados por los dos centinelas, desaparecieron rápidamente. En cuanto a si pudieran ser…
—Perfectamente podrÃa ser cosa de los titiriteros. Pronto hará un mes que están en la plaza, esperando que el tiempo mejore para dar sus representaciones y, mientras tanto, no habrán dejado de preparar alguna canallada.
Con eso no adelantábamos nada. Estábamos todavÃa de pie, llenos de asombro, mientras el hombre sorbÃa el licor y representaba otra vez, haciendo gestos, su historia, cuando Meaulnes, que habÃa estado oyendo atentamente hasta entonces, alzó el farol del carnicero y dijo, decidido:
—¡Hay que ir a ver!
Abrió la puerta y fuimos tras él, el señor Seurel, el señor Pasquier y yo. Calmada ya, puesto que los ladrones se habÃan ido, y como era muy poco curiosa, igual que toda persona minuciosa y ordenada, Millie exclamó:
—Vayan, si quieren. Pero cierren la puerta y lleven la llave. Yo me voy a acostar. Dejaré la lámpara encendida.