El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Meaulnes regresó al aula después de buscar el pan de su merienda. El titiritero se hizo esperar un buen rato y llegó el último, corriendo, cuando comenzaba a anochecer.
—Quédate en el aula —me había dicho Meaulnes— y mientras yo lo sujeto tú le sacas el plano que me robó.
Yo permanecí sentado en una mesita, junto a la ventana, leyendo iluminado por la última claridad del día, y los miraba apartar en silencio los bancos de la escuela, el gran Meaulnes, rígido y pensativo, con la blusa negra abrochada en la espalda con tres botones y ajustada la cintura, y el otro, delicado, inquieto, con la cabeza vendada como un herido. Llevaba un abrigo humilde, desgarrado en partes que yo no había observado antes. Con un impulso casi salvaje, levantaba y empujaba las mesas con una fuerza alocada, sonriendo levemente. Parecía estar iniciando un misterioso juego cuyo secreto ignorábamos.
Así llegaron al rincón más oscuro del aula, para cambiar de lugar la última mesa.
En un segundo, podía Meaulnes derribar a su enemigo en ese sitio, sin posibilidad de ser visto u oído por nadie, desde afuera, por las ventanas.