El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes POR la tarde tuvimos las mismas diversiones, y durante la clase, el mismo desorden y el mismo engaño. El titiritero había traído otros objetos preciosos, caracoles, juegos, canciones e incluso su pequeño mono que arañaba en silencio el interior de su morral. A cada rato el señor Seurel interrumpía la clase para observar lo que el muchacho extraía de su bolsa.
Al dar las cuatro era Meaulnes el único que había finalizado sus problemas. Nadie se apuró a la salida. Ya no había, aparentemente, entre las horas de clase y las de recreo la dura línea divisoria que distribuía la vida escolar como la sucesión del día y de la noche. Incluso nos olvidamos de dar al señor Seurel, como acostumbrábamos, los nombres de los dos alumnos que se quedarían a barrer el aula. Y era extraño porque nunca dejábamos de hacerlo, ya que era una manera de anunciar y apurar la salida de clase.
La suerte quiso que aquel día tuviese que barrer el gran Meaulnes; y durante la mañana, hablando con el titiritero, yo le había advertido que correspondía a los nuevos alumnos hacer de segundos en la limpieza el día de su llegada.