El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes La clase continuó hasta el mediodÃa, interrumpida —ya que estábamos en vÃsperas de vacaciones— por entretenidos recreos y conversaciones acerca de nuestro cómico de la región, quien contaba cómo habÃan decidido que él concurriera a clase para pasar el rato, clavados en la plaza por el frÃo, sin proyectar representaciones nocturnas a las que nadie irÃa, mientras su compañero cuidaba de los pájaros de las Islas y de la cabrita sabia. Luego contaba sus viajes por la comarca, cuando el aguacero arrasaba el pobre techo de cinc del furgón y debÃan bajar en las pendientes para empujar las ruedas. Los alumnos del fondo abandonaban sus mesas para oÃr desde más cerca.
Los menos sentimentales aprovechaban la oportunidad para calentarse junto a la estufa. Pero la curiosidad no tardaba en apoderarse también de ellos y se aproximaban al grupo que estaba conversando, aunque sin apartar la mano de la tapadera de la estufa para no perder el lugar.
—¿Y de qué viven? —preguntó el señor Seurel, que a todo atendÃa con su curiosidad un tanto pueril de maestro de escuela y hacÃa siempre muchas preguntas.
El muchacho vaciló un instante, como si nunca se hubiera preocupado por aquel detalle.
—De lo que hemos ganado en otoño, me parece. Ganache es quien lleva las cuentas —dijo.
Nadie quiso averiguar quién era Ganache. Pero yo pensaba en el muchachón que la noche anterior habÃa atacado a Meaulnes a traición por la espalda, derribándolo.