El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes En medio de los que se quedaron, AgustÃn comenzó a girar sobre sà mismo, diciéndome:
—Estira los brazos, sujétalos, como hice yo anoche.
Y yo, enceguecido por la pelea, seguro de la victoria, aferraba al pasar a los chicos que forcejeaban y, tras tambalearse un instante sobre los hombros de los mayores, terminaban rodando sobre el barro. En un momento quedó en pie sólo uno: el caballero de Delage; pero éste, que tenÃa muy pocas ganas de pelear contra AgustÃn, se levantó dando un salto de carnero e hizo desmontar a su blanco jinete.
Con la mano en el hombro de su cabalgadura, como un capitán que le aguanta el bocado a su caballo, el muchacho, de pie en tierra, miró a Meaulnes con respeto y le dijo:
—¡Felicitaciones!
Pero en seguida sonó la campana, que hizo alejarse a los estudiantes que nos habÃan rodeado esperando una escena curiosa. Y Meaulnes, furioso por no haber podido voltear al enemigo, se alejó diciendo, malhumorado:
—¡Otra vez será!