El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —¡Qué astuto es! —dijo entre dientes, con las manos en los bolsillos—. ¡Llegar aquà esta misma mañana era la única forma de no infundir sospechas, y el señor Seurel ha caÃdo en la trampa!
Se mantuvo un largo rato con la cabeza rapada al viento, insultando a aquel payaso, por cuya culpa iban a aporrearlo los mismos a quienes él antes capitaneaba. Y yo, pacÃfico como era, no podÃa menos de estar de acuerdo con él.
En todos los rincones, por todos lados, en ausencia del maestro proseguÃa la pelea: los más chicos habÃan terminado montándose unos encima de otros; corrÃan, daban la vuelta, inclusive antes de recibir el choque del rival. Muy pronto quedó en pie únicamente un grupo embravecido y hormigueante del que sobresalÃa, a ratos, la venda blanca del nuevo caudillo.
Entonces, el gran Meaulnes no pudo contenerse más, agachó la cabeza, puso las manos sobre su cintura y me gritó:
—¡Vamos allá, François!
A pesar de que la rápida e inesperada decisión me sorprendió, salté sin dudas sobre sus hombros, y en un instante nos hallamos en el centro del combate, mientras la mayorÃa de los combatientes, asustados, huÃan, gritando:
—¡Que viene Meaulnes! ¡Que viene el gran Meaulnes!