El Gran Meaulnes

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A las diez y media, cuando el sombrío y embarrado patio se llenó nuevamente de alumnos, se notó en seguida que había otro nuevo jefe en los juegos. De todos los entretenimientos nuevos que el titiritero llevó a la escuela, desde esa mañana, sólo puedo recordar el más cruel: una especie de competencia en que los caballos eran los muchachos mayores, quienes cargaban a los más pequeños sobre sus hombros.

Repartidos en dos grupos que partían de los dos extremos del patio, caían unos sobre otros, procurando cada cual voltear al contrincante por la violencia del choque, y los jinetes, usando sus bufandas como si fuesen lazos y sus brazos estirados como si fuesen lanzas, se esforzaban en desmontar a sus adversarios. Algunos, cuando les esquivaban la embestida, perdían el equilibrio y rodaban, jinete y caballo, sobre el barro. Hubo alumnos un poco desmontados a quienes el caballo sujetaba nuevamente por las piernas y, en el medio de la lucha, volvían a subir hasta sus hombros. Montado sobre Delage, de miembros desproporcionados, pelo rojo y enormes orejas, el jinete de la cabeza vendada excitaba a los dos bandos rivales y conducía cruelmente su cabalgadura, riendo con gran furia.

Meaulnes, de pie en el umbral del aula, miraba con malhumor, al principio, cómo se preparaban esos juegos. Y yo me quedaba a su lado, indeciso.


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