El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Efectivamente, no tardó en detenerse, sorprendido, frente al gran Meaulnes.
—¿De quién es todo esto? —preguntó, señalando «todo esto» con el lomo de un libro que llevaba en la mano, cerrado sobre su Ãndice.
—No sé —respondió Meaulnes, con desgano y sin levantar la cabeza.
Pero el estudiante desconocido intervino:
—Es mÃo —dijo.
Y agregó en seguida, con amplÃo y elegante ademán de señorito, que desorientó al maestro:
—Pero está a su disposición, sà quiere usted verlo.
Entonces, con gran velocidad, sin ruido, como para no perturbar la situación creada, toda la clase se ubicó curiosamente alrededor del maestro, que inclinaba su cabeza un tanto calva y rizada sobre aquel tesoro, mientras el pálido personaje proporcionaba las explicaciones necesarias, con apacible aire de victoria.
En tanto, en su banco, silencioso y abandonado por todos, el gran Meaulnes abrÃa su cuaderno borrador y, frunciendo el entrecejo, se envolvÃa en un problema difÃcil.
El dictado no habÃa terminado todavÃa y la clase era un gran desorden, cuando nos sorprendió el recreo, que, a decir verdad, habÃa comenzado al principio de la mañana.