El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes También circularon unos libros nuevos, cuyos títulos había descubierto yo, afanosamente, en la contratapa de los pocos volúmenes de nuestra biblioteca: «La loma de los mirlos», «La roca de las Gaviotas», «Mi amigo Benoíst»… Con una mano, sobre las rodillas, algunos hojeaban aquellos libros cuya procedencia ignorábamos. Tal vez eran robados. Con la otra mano iban escribiendo su dictado. Otros en el fondo de sus bancos, hacían girar los compases, y otros, mientras el señor Seurel continuaba dictando, paseándose entre la mesa y la ventana, rápidamente cerraban un ojo y pegaban el otro a la vista verdosa y acribillada de Nuestra Señora de París. En tanto que el alumno nuevo, con la pluma en la mano, con su fino perfil pegado a la columna gris, guiñaba los ojos, naturalmente satisfecho por todo ese juego secreto que se desenvolvía a su alrededor.
Sin embargo, poco a poco la clase se fue inquietando: los objetos, después de circular, llegaban, uno tras el otro, a las manos del gran Meaulnes, quien, al descuido y sin mirarlos, los dejaba a su lado. Al poco rato formaron un montón, matemático y colorido, como los que en las composiciones alegóricas se ponen a los pies de la mujer; que representa La Ciencia. Muy pronto el señor Seurel descubriría el alboroto y se daría cuenta de la maniobra. Además, debía estar decidiendo informar acerca de los sucesos de la noche anterior. La presencia del titiritero le facilitaría el trabajo.