El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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De repente desapareció toda su jovialidad. Por un instante se envolvió en la misma desesperación que, sin duda, lo había atacado el día en que se le ocurrió matarse.

—Sean ustedes mis amigos —dijo de pronto—. Ya lo ven, conozco su secreto y lo he defendido contra todos. Puedo ponerlos nuevamente sobre la pista perdida.

Y agregó, solemnemente:

—Sean mis amigos para el momento en que me vuelva a encontrar, como otra vez, a dos dedos del infierno. Prométanme que me responderán cuando los llame, cuando los llame así —y lanzó una especie de grito extraño—: ¡Juuuu! Usted, Meaulnes, ¡jure usted primero!

Y nosotros juramos, ya que siendo como éramos unas criaturas, todo lo que aparentaba ser más serio que la realidad nos atraía.

—A cambio de eso —dijo— lo único que puedo decirles ahora es que yo les indicaré la casa de París donde la joven del castillo pasaba las fiestas, la Pascua de Resurrección, la de Pentecostés, el mes de junio y a veces parte del invierno.

En ese momento una voz desconocida llamó desde el portón, varias veces. Adivinamos que sería Ganache, el titiritero que no se animaba a atravesar el patio o no sabía cómo hacerlo. En un tono precipitado y ansioso, llamaba, en voz a veces alta y a veces suave:

—¡Juuuu!… ¡Juuuu!…


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