El Gran Meaulnes

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Dumas se dirigió hacia donde provenían los gritos de la cuñada. Comprobó que el ladrón, para poder entrar, había tenido que abrir con una ganzúa la puerta del pequeño corral, y que había escapado por el mismo lugar, dejándola abierta. Inmediatamente, con su experiencia sobre ladrones y merodeadores, encendió el farol de su coche, lo sujetó con una mano y, cargando en la otra su escopeta, intentó perseguir la huella del hombre —rastro muy impreciso ya que debía calzar alpargatas—, que lo llevó hasta la carretera de La Gare, donde se extraviaba frente al cerco de un prado. Forzado a concluir en ese lío su búsqueda, levantó su cabeza y se detuvo, y a lo lejos, con la misma carretera, escuchó el rumor de un coche que huía al galope. El hijo de la viuda, Jazmín Delouche, también se había levantado, y poniéndose el capuchón sobre los hombros rápidamente, había salido en zapatillas a recorrer el pueblo. Todo dormía, envuelto en la oscuridad y en el profundo silencio que antecedía a los primeros rastros del amanecer. Al llegar a los Cuatro Caminos, escuchó solamente, igual que su tío, a lo lejos, por el monte de los Riaudes, el ruido de un coche cuyo caballo debía galopar con los cuatro cascos en el aire. El maligno y fanfarrón muchacho se dijo entonces, y lo repitió en la escuela más tarde, con el inaguantable acento propio de la gente del arrabal de Montluçon:


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