El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Esos bandidos se fueron hacia La Gare; pero esto no significa que yo no «caliente» a otros aquí, al otro lado del pueblo.
Para regresar, Jazmín Delouche tomó el camino de la iglesia, rodeado por el mismo silencio nocturno. En la «roulotte» de los titiriteros; en la plaza, brillaba una luz. Indudablemente alguien estaba enfermo. Al dirigirse hacia allí para averiguar qué sucedía, una sombra callada, una sombra que calzaba alpargatas, llegó a «Los Rinconcitos» y corrió a gran velocidad, sin fijarse en nada, hacia el estribo del vehículo. Jazmín, que había reconocido el paso de Ganache, se introdujo en el círculo luminoso y preguntó en voz baja:
—¿Qué pasa?
Ganache se detuvo, retraído, desalineado y sin dientes, lo miró con una triste mueca de terror y agotamiento, y les respondió con la respiración entrecortada:
—El compañero, que está enfermo, se peleó ayer a la tarde y la herida se le volvió a abrir. Vengo de buscar a una Hermana.
Efectivamente, mientras Jazmín Delouche, muy intrigado, volvía a su casa para dormir otra vez, se cruzó en el camino en mitad del pueblo, con una monja que avanzaba con prisa.