El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Por la mañana, varios habitantes de Sainte-Agathe aparecieron en el umbral de sus puertas con los párpados hinchados, desgreñados por una noche de insomnio En todas las casas se escuchó un grito de indignación, que se dispersó por todo el pueblo como un reguero de pólvora. En casa de los Giraudat, alrededor de las dos de la madrugada habían oído detenerse un coche, en el que alguien cargaba de prisa unos bultos que caían con un ruido blando. Había dos mujeres en la casa solamente, y ni siquiera se animaron a moverse. Con la luz del día abrieron el corral, y comprobaron que los bultos transportados eran las aves y los conejos. Millie, durante el primer recreo, encontró unos fósforos un poco consumidos frente a la puerta del lavadero, por lo que supusimos que no estarían bien informados acerca de nuestra casa y por eso no habían logrado entrar. En las casas de los Perreux, los Boujardon y los Clément, creyeron que también les habían robado los cerdos, pero los hallaron a media mañana perdidos por los huertos vecinos, comiéndose las verduras; la piara entera había sacado provecho de la oportunidad y de la puerta abierta para dar un breve paseo nocturno. En casi todos lados se habían llevado las aves de corral, aunque los ladrones no se habían limitado a eso. La señora Pignot, la panadera, que no criaba aves, estuvo el día entero contando que le habían robado la pala de lavandera y media libra de añil, pero esto no pudo probarse ni constó en el sumario. La inquietud, los temores y habladurías continuaron toda la mañana. Jazmín Delouche contó en la escuela su hazaña de la noche: