El Gran Meaulnes

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—Son muy listos —decía—. Pero si mi tío llegaba a encontrar a uno, ya lo dijo, ¡lo habría matado como a un conejo!

Y agregó, mirándonos:

—Fue una suerte que no tropezara con Ganache. Hubiera sido capaz de dispararle. Todos son de la misma especie, como dice mi tío. Dessaigne también lo decía.

A pesar de todo, nadie intentaba molestar a nuestros nuevos amigos. Recién al día siguiente, por la tarde, Jazmín hizo notar a su tío que Ganache, al igual que el ladrón, usaba alpargatas. Los dos decidieron que era necesario contárselo a los policías; en cuanto pudieran irían al pueblo en el mayor secreto, para avisar al jefe de la gendarmería.

En los días siguientes no volvimos a ver al joven titiritero, enfermo por causa de la herida abierta nuevamente. Por las tardes recorríamos la plaza de la iglesia con el único objetivo de descubrir su lámpara tras los visillos encarnados del coche. Angustiados e inquietos, nos quedábamos en ese lugar sin animarnos a llegar junto al modesto albergue ambulante, que nos hacía imaginar el extraño pasaje y la antecámara del país cuyo camino habíamos perdido.


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