El Gran Meaulnes

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Capítulo VI
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UNA PELEA ENTE BASTIDORES

TANTAS angustias y dificultades de todo orden durante los días anteriores hicieron que no nos diésemos cuenta de la llegada de marzo y de la disminución del viento. Pero al tercer día de aquella aventura, al bajar al patio por la mañana, comprendí de pronto que ya estábamos en primavera. Sobre la tapia patinaba una brisa encantadora como un agua tibia. Durante la noche, una lluvia muda había mojado las hojas de las peonías. En todo el jardín se sentía un fuerte aroma a tierra removida y en un árbol que rozaba la ventana, un pájaro intentaba memorizar melodías.

En el primer recreo, Meaulnes propuso probar en seguida el rumbo fijado por el titiritero. Tras gran esfuerzo conseguí convencerlo de que era necesario esperar a volver a ver a nuestro amigo, a que el tiempo fuera realmente bueno y estuvieran ya floridos todos los ciruelos de Sainte-Agathe. Pegados a la pared de la calle, con las manos dentro de los bolsillos y la cabeza desnuda, íbamos charlando y en cuanto el viento nos hacía temblar de frío regresaba a nosotros, con tibias bocanadas, un viejo y profundo entusiasmo. Los dos estábamos persuadidos de que la felicidad rondaba cerca y que la capturaríamos con sólo echar a andar.


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