El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes A las doce y media, mientras comíamos, escuchamos un redoble de tambor en la plaza de los Cuatro Caminos. Velozmente nos paramos sobre el umbral de la puerta cancel, con la servilleta en la mano. Se trataba de Ganache, que, «en vista del buen tiempo», anunciaba para las ocho una función en la plaza de la iglesia; para prevenirse de la lluvia tendería una carpa. Seguía un largo programa de espectáculos que se esfumó con el viento, pero pudimos distinguir, vagamente «pantomimas…, canciones…, fantasías ecuestres», e interrumpían regularmente la información nuevos redobles de tambor. Durante la cena retumbó en nuestras ventanas el bombo para anunciar el espectáculo. Los vidrios temblaron. Después de un rato, con un murmullo de charlas, pasó la gente de los caseríos, dividida en grupos, en dirección de la plaza de la iglesia, mientras nosotros pataleábamos de impaciencia, sin poder irnos de la mesa.
Alrededor de las nueve, por fin, escuchamos un rumor de pisadas y risas, en la puerta cancel. Eran las maestras, que venían a buscarnos. Salimos todos juntos, en medio de las tinieblas, hacia el sitio de la función. A lo lejos distinguíamos la pared de la iglesia, iluminada como por una gran lámpara. Dos quinqués ardían frente a la puerta de la vivienda, y sus llamas flameaban con el viento.