El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Adentro habían colocado unas gradas, como en el circo. El señor Seurel, las maestras, Meaulnes y yo nos ubicarnos en los bancos de más abajo. Ese lugar, tal vez insuficiente, lo estoy viendo en este momento como si fuese un circo auténtico, con grandes partes oscuras donde se instalaban la señora Pignot, la panadera, y Fernanda, la tendera, las muchachas del pueblo y los peones de las herrerías, niños, labriegos y más gente todavía.

Nosotros llegamos cuando la función ya estaba bastante adelantada. Se veía en la pista una cabrita sabia, que, dócilmente, ponía las patas sobre cuatro vasos, luego sobre dos, sobre uno después. Ganache la dirigía con suavidad, dándole golpecitos con una varita, mientras miraba hacia nuestro lado con expresión inquieta, la boca abierta y los ojos sin vida.

Sentado en un taburete, al lado de otros dos quinqués, en el lugar en que la pista comunicaba con el furgón, vimos al director de la función, a nuestro amigo, vistiendo una fina malla negra y con la frente vendada.

Recién terminábamos de ubicarnos, cuando saltó a la pista un poney enjaezado al que el joven titiritero hizo girar y detener, siempre delante de uno de nosotros, cada vez que se trataba de resaltar a la persona más amable o más generosa del público. Pero, infaltablemente lo hacía frente a la señora Pignot cuando delataba a la más mentirosa, e avara, o «enamorada». Y alrededor de ella todos reían, gritaban y graznaban, como cuando un podenco persigue una bandada de gansos.


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