El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes El director de la función se juntó con su compañero detrás de la cortina que ocultaba la entrada del furgón. Cada espectador volvió a sentarse en su lugar en las gradas, suponiendo que en seguida empezaría la segunda parte del espectáculo. Se hizo un profundo silencio, dentro del que se escuchó el rumor de una discusión, detrás de la cortina. No oíamos lo que decían, pero reconocimos las dos voces, la del muchacho y la del joven: la primera dando explicaciones, justificándose; la otra, reprochándole, con indignación y tristeza al mismo tiempo.
—Pero, desgraciado —decía la segunda voz—. ¿Por qué no me lo dijiste?
Y no entendíamos lo que seguía, por mucho que esforzáramos el oído. Luego todo calló repentinamente. La disputa continuó en voz baja, y los niños de las gradas superiores comenzaron a gritar:
—¡Las candilejas! ¡El telón! —y a golpear el suelo con los pies.