El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes En este momento yo ya no podría reconstruir el argumento de su pantomima. Apenas recuerdo que en cuanto llegó al circo, se cayó, no sin haber tratado en vano y con gran desesperación de sostenerse en pie. Por más que se levantara, la cosa era más fuerte que él, y caía otra vez. Caía sin cesar. Se aprisionaba entre cuatro sillas, arrastraba en su caída una enorme mesa que habían colocado en la plata. Terminó cayendo sobre la valla, a los pies de los espectadores. Dos ayudantes conseguidos a duras penas entre el público, le tiraban de las piernas, y, después de interminables esfuerzos, lograban ponerlo nuevamente en pie. Y cada vez que caía, daba un gritito diferente, insoportable, en el que se mezclaban parejamente la tristeza y el gozo. En el instante del desenlace, trepado a una montaña de sillas, dio una caída enorme, lentísima, y su chillido de victoria, estridente y lastimoso, duró hasta la caída, coreado por los gritos de terror de las mujeres.