El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Era evidente que si se había sacado el vendaje era para que nosotros pudiésemos reconocerlo. Pero en cuanto el gran Meaulnes hizo aquel movimiento y gritó, el joven entró otra vez en el furgón, después de mirarnos inteligentemente y de sonreírnos, como acostumbraba hacerlo, con una tenue tristeza.
¡Y el otro! —decía Meaulnes acaloradamente—. ¿Cómo no lo reconocí en seguida? Es el que hacía de Pierrot en la fiesta.
Y descendió por las gradas para dirigirse hacia él. Pero Ganache ya había interrumpido todos los caminos a la pista; uno a uno, apagaba los cuatro quinqués del circo y nosotros nos vimos obligados a seguir a la multitud que se marchaba, canalizada por los bancos paralelos, en la penumbra donde pataleábamos impacientes.
Cuando consiguió salir, Meaulnes se precipitó hacia el furgón, subió al estribo, llamó a la puerta, pero todo estaba cerrado ya. Sin duda se había acostado y comenzaban a dormirse tanto en el coche de los visillos, como en el del pone y, la cabra y los pájaros sabios…