El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pero, en ese mismo instante y en medio del más fantástico bochinche, el gran Meaulnes, que se habÃa mantenido en silencio desde el comienzo de la pantomima y que parecÃa cada vez más absorto, se incorporó bruscamente, me sujetó el brazo, como si no pudiera contenerse, y me gritó:
—¡Mira el titiritero! ¡MÃralo! ¡Al fin lo he reconocido!
No necesité mirar: ya antes lo habÃa adivinado, como si desde mucho tiempo atrás, inconscientemente, esa idea se hubiese engendrado en mi interior, esperando sólo el momento de salir. De pie, junto a un quinqué, a la entrada del furgón, el joven personaje se habÃa quitado la venda, poniéndose una esclavina sobre los hombros. Se veÃa, dentro de la claridad humeante, como otra vez a la luz de la bujÃa, en su habitación del castillo, una cara aguileña y finÃsima, sin bigote. Pálido, con la boca entreabierta, hojeaba velozmente una especie de álbum, pequeño y colorado, que debÃa ser un atlas de bolsillo. Agregando una cicatriz que le atravesaba la sien y se extinguÃa bajo el pelo, ya tenÃa frente a mis ojos, igual a como lo describiese Meaulnes, al novio de la mansión perdida.