El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Soplaba un viento que nos pareció helado. Parecía que a cada paso íbamos a tropezar con el duro y pedregoso suelo de la plaza, para caer. Meaulnes, fuera de sí, por dos veces hizo ademán de lanzarse a correr, primero por el camino del Vieux-Nançay, y, después por el de Saint Loup des Boas. Se puso la mano sobre los ojo§, con la esperanza, enseguida desvanecida, de que nuestra gente recién terminase de partir. Pero no podíamos hacer nada. Las huellas de diez carruajes se mezclaban en la plaza, para desvanecerse después de la dura carretera. Nos quedamos inmóviles, clavados en el mismo sitio.
Y, mientras volvíamos a través del pueblo, donde estaba comenzando la mañana del jueves, cuatro gendarmes a caballo, a quienes Delouche había avisado la tarde anterior, llegaron a la plaza al galope y se dispersaron entre las calles para cerrar las salidas, como los dragones cuando reconocen una aldea. Pero era demasiado tarde.