El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Ganache, ladrón de corrales, había escapado con su compañero. Los gendarmes no encontraron a nadie, ni a él, ni a los que llevaban en los carros los capones por él estrangulados. Prevenido a tiempo por la imprudente frase de Jazmín, Frantz se daría cuenta de qué trabajo vivían él y su compañero cuando la caja del furgón estaba vacía. Avergonzado y furioso, fijaría en seguida un rumbo y decidiría poner tierra de por medio antes de que llegasen los gendarmes. Pero, ya sin el miedo de que trataran de hacerlo regresar a la mansión de su padre, el muchacho, antes de huir, había querido mostrársenos sin vendas.
Una sola cosa quedó siempre oscura: cómo había podido Ganache, al mismo tiempo, asaltar los corrales e ir a buscar a la monja para que cuidara la fiebre de su amigo. Pero aquélla era, toda la historia del pobre diablo: ladrón y trotamundos por un lado, y por el otro, un buen sujeto.