El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Capítulo IX
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EN BUSCA DEL CAMINO PERDIDO

CUANDO llegamos a la escuela, el sol ahuyentaba la leve bruma matinal. Las mujeres, en la puerta de sus casas, sacudían las alfombras o conversaban; y por campos y bosques, en las afueras del pueblo, tenía principio la mañana de primavera más radiante que pueda recordar. Aquel jueves a las ocho, todos los alumnos debían ir a la escuela, unos para preparar el Certificado de Estudios Superiores y otros, el Concurso de la Escuela Normal. Al llegar nosotros —Meaulnes, entristecido y tan cansado que no podía mantenerse tranquilo, yo desalentado— hallamos la escuela desierta. Por encima del polvo de un banco carcomido y el agrietado barniz de un planisferio, resbalaba un frío rayo de sol. No perseguíamos permanecer allí, frente a un libro, sufriendo nuestra desilusión; todo nos llamaba afuera, el saltar de los pájaros, junto a las ventanas, persiguiéndose de rama en rama, la huida de los demás alumnos a los jardines y al bosque, y, especialmente, el obsesivo deseo de probar cuanto antes el rumbo incompleto controlado por el titiritero, que era el último recurso de nuestra bolsa casi exhausta, la última llave del llavero que nos restaba probar.


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